Por: Lic. Endy Jhoan Rosa. Politologo, Analista Politico.
Cuando la llama de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 se apagó la noche del 8 de agosto, el medallero colocó a la República Dominicana en el quinto puesto con 150 preseas: 46 de oro, 37 de plata y 67 de bronce. Fue la mejor cosecha total y de oros en la historia del país en esta justa. El atletismo, el boxeo, el judo, el taekwondo y el esquí acuático cargaron gran parte del peso. Liranyi Alonso dominó el tartán. El boxeo entregó una jornada inolvidable de siete oros. Y el país cruzó, además, el umbral histórico de las mil medallas acumuladas en estos juegos. Compitiendo en casa, con el empujón de la grada y con una preparación que el Ministerio de Deportes calificó como la más sólida de su historia, los atletas respondieron.
Pero el resultado deportivo no nació solo del talento individual. Detrás de cada medalla hubo un andamiaje humano que pocos ven cuando se encienden los reflectores. El Comité Organizador, presidido por José P. Monegro, sostuvo durante años la compleja maquinaria de un evento que reunió a más de 6.200 atletas de 37 países. Kelvin Cruz, desde el Ministerio de Deportes, y Garibaldy Bautista, desde el Comité Olímpico Dominicano, empujaron la preparación de la delegación con recursos que alcanzaron los 893 millones de pesos. El Ministerio de Vivienda y Edificaciones, bajo la dirección de Víctor (Ito) Bisonó, ejecutó la intervención física de las instalaciones. Y el presidente Luis Abinader respaldó públicamente el compromiso de que el país entregara escenarios dignos.
Hubo, sin embargo, un ejército silencioso que hizo posible que todo funcionara: los voluntarios. Miles de jóvenes y no tan jóvenes que se levantaron temprano, que sudaron bajo el sol, que orientaron a delegaciones extranjeras, que controlaron accesos, que tradujeron, que cargaron equipos, que sonrieron cuando el cansancio ya apretaba. Yo estuve entre ellos. Vi de cerca cómo un grupo de personas que no buscaba medallas ni titulares sostenía el día a día de los Juegos con disciplina y generosidad. Sin ese trabajo anónimo, los escenarios más modernos del mundo se quedan cortos. Los voluntarios fueron el tejido invisible que unió la inversión pública con la experiencia real de atletas y visitantes.
Las cifras de esa inversión están documentadas. En su rendición de cuentas de febrero de 2026, el presidente Abinader informó que solo entre 2025 y los primeros meses de ese año se transfirieron 3.905 millones de pesos para garantizar el evento. Esa suma formaba parte de un paquete más amplio de 9.345 millones destinados al deporte. Otras cifras oficiales sitúan la intervención en el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte y el Parque del Este en el entorno de los 6.000 a casi 9.000 millones de pesos. Se remozaron pistas, pabellones, sistemas de seguridad, iluminación, puertas, vestidores, áreas médicas y accesibilidad. Se entregaron techados multiusos en municipios que nunca los habían tenido. El Centro Acuático recibió certificación internacional. El Estadio Olímpico Félix Sánchez recuperó dignidad. El complejo entero dejó de ser un espacio deteriorado para convertirse en un parque deportivo de estándares contemporáneos.
Eso es lo que queda después de las medallas: infraestructura que pertenece al pueblo dominicano. Grandes vistas, áreas verdes recuperadas, centros deportivos que pueden servir a escuelas, federaciones y ciudadanos comunes. La Villa Centroamericana se proyectó, además, como vivienda de bajo costo. El discurso oficial habla de legado. Y en términos físicos, el legado existe.
Pero la historia de las grandes citas deportivas en la región está llena de escenarios que brillaron dos semanas y luego se apagaron por falta de mantenimiento. El verdadero juicio no se emite el día de la clausura. Se emite cuando pasen cinco o diez años y se vea si las luminarias siguen encendidas, si la hierba de las pistas se cuida, si los pabellones reciben a los niños de las escuelas públicas y si el presupuesto de preservación no se convierte en una partida residual. Cuidar lo construido no es un acto de nostalgia. Es un acto de responsabilidad pública.
Desde una mirada política, estos Juegos también muestran algo sobre la capacidad colectiva del país. Organizar un evento de esta magnitud exige coordinación entre ministerios, federaciones, gobierno local y sociedad civil. Exige, sobre todo, que miles de personas —organizadores, técnicos, voluntarios, trabajadores de la construcción— alineen esfuerzos hacia un objetivo común. Ese alineamiento ocurrió. No fue perfecto. Ningún evento de esta escala lo es. Pero funcionó lo suficiente como para que el país recibiera a la región con dignidad y para que sus atletas rindieran a un nivel histórico.
Lo que ahora corresponde es no desperdiciar ese impulso. Convertir el Centro Olímpico y el Parque del Este en espacios vivos todo el año. Mantener el apoyo a los atletas más allá del ciclo de los Juegos. Y, sobre todo, recordar que las 150 medallas y las instalaciones renovadas solo tendrán sentido si el país decide, de manera consciente y sostenida, cuidar lo que construyó con recursos públicos y con el trabajo de mucha gente que no apareció en los titulares.
Las medallas se guardan en las vitrinas. El legado se defiende todos los días.

