Por: Endy Jhoan Rosa, Politologo, Analista politico.
En los últimos dias, el sonido de las cacerolas ha vuelto a convertirse en la banda sonora incómoda de las noches dominicanas. El gobierno intenta minimizarlo, hablar de “focos aislados” o de “manipulación política”. Pero olvida, con una amnesia que raya en el cinismo, que ellos mismos llegaron al poder en 2020 cabalgando precisamente sobre ese mismo ruido. Lo que empezó como un cacerolazo solitario en algún hogar agobiado se multiplicó por barrios, pueblos, ciudades, desde Los Mina hasta Naco, desde la clase popular hasta sectores que antes miraban con distancia. Hoy, ese mismo pueblo —bajo, medio y alto— vuelve a golpear sus ollas. Y lo hace con más rabia porque ya no es solo contra un partido: es contra un estilo de hacer política que se siente cada vez más desconectado de la realidad cotidiana.
El cansancio dominicano no es abstracción sociológica. Se palpa en las colas del metro y del teleférico, en los comentarios ácidos que se cruzan en los minibuses y guaguas, en las caras de hastío de los motoconchos que esperan pasajeros bajo el sol. Se ve en las manifestaciones que brotan espontáneamente frente al Congreso, en la Plaza de la Bandera, en las esquinas donde se construye y donde se destruye. Es un cansancio corporal, emocional y moral.
¿De qué se cansa exactamente este pueblo Dominicano?
Se cansa de la burla sistemática. De escuchar discursos sobre “sacrificio colectivo” mientras los mismos que los pronuncian siguen viviendo en una burbuja de privilegios. Hablan de austeridad y luego vemos funcionarios recorriendo el país en helicópteros para lo que parecen paseos disfrazados de trabajo. El caso reciente de la directora de Súperate, justificando un vuelo con un accidente de “colaboradores”, es solo la gota que desborda el vaso de una cultura de derroche que parece inextinguible. Mientras la gente recorta el gasto en la canasta familiar, el Estado sigue cortando de forma innecesaria en unos lados y gastando combustible a raudales en otros.
Se cansa de la desproporción. La clase política parece empeñada en blindarse. El debate sobre el Código Penal deja entrever, una vez más, el intento de la élite de protegerse a sí misma mientras endurece las condiciones para el ciudadano común. La reforma fiscal se presenta como inevitable, pero llega después de años de promesas incumplidas y de un clientelismo que no se ha reducido. Los partidos siguen recibiendo millones para campañas que parecen permanentes, mientras exigen al pueblo que apriete el cinturón “por el bien del país”.
Se cansa también del abuso de poder en sus formas más cotidianas. Los abusos policiales no son anécdotas; son parte de un patrón que erosiona la confianza. Los políticos que prometieron cambio y terminan replicando las mismas prácticas que criticaban. La sensación de que el Estado es un aparato que sirve más para mantener cuotas de poder que para resolver los problemas estructurales de la gente: la carestía, la inseguridad, la precariedad del empleo, la salud y la educación que siguen siendo privilegios y no derechos efectivos.
Desde mi propia perspectiva caminando las calles, lo que estamos presenciando es una clásica crisis de legitimidad. El contrato social que se renovó con esperanza en 2020 se está desgastando con rapidez. Cuando un gobierno minimiza el descontento popular en lugar de escucharlo, está rompiendo el principio elemental de toda democracia representativa: que el poder emana del pueblo y debe rendirle cuentas. Los cacerolazos son la forma más primitiva y genuina que tiene la ciudadanía de recordarles esa verdad. No necesitan partido ni dirigente para organizarse; nacen del estómago vacío, de la factura impagable, del futuro que se siente cada vez más estrecho.
Este cansancio no es apático. Es activo, ruidoso, transversal. Atravesa clases sociales porque el deterioro de la calidad de vida también las atraviesa. La clase media, que durante años fue amortiguador social, hoy se suma con fuerza porque siente que se le escapa el suelo bajo los pies. La clase popular, que siempre ha cargado más peso, ya no está dispuesta a cargar sola.
El desafío para la clase política es enorme. Puede seguir descalificando los cacerolazos como “ruido de minorías” o puede entender que ese ruido es la voz de un pueblo que todavía cree en la posibilidad de un país mejor, pero que ya no tolera ser tratado como menor de edad político. La historia dominicana está llena de momentos en que el cansancio colectivo se convirtió en fuerza transformadora. Ignorarlo no lo hace desaparecer; solo lo acumula.
El artículo no termina aquí. Termina en cada casa donde esta noche alguien vuelva a golpear una cacerola. Ese sonido no es solo protesta. Es recordatorio: el pueblo dominicano sigue vivo, sigue atento y, sobre todo, sigue cansado de que le tomen el pelo. Y cuando un pueblo se cansa de esa manera, tarde o temprano exige respuestas concretas, no discursos.
LOS VERDADEROS TIGUERES.

