lunes, octubre 12, 2026
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La unidad como imperativo: el PRM frente al desafío de 2028

Por: Lic. Endy Jhoan Rosa.

Desde la mirada de quien ha dedicado años al estudio de los sistemas de partidos y a la observación directa de la política dominicana, el Partido Revolucionario Moderno atraviesa uno de esos momentos que definen no solo una organización, sino la salud misma del sistema democrático. No se trata de una crisis, sino de una encrucijada. Varios nombres se perfilan con fuerza legítima en la disputa por la nominación presidencial de 2028. Esa multiplicidad es, en sí misma, una muestra de vitalidad. El riesgo, sin embargo, reside en que la competencia se convierta en fractura.

Carolina Mejía representa una de las trayectorias más sólidas y simbólicas del actual panorama. Hija del expresidente Hipólito Mejía, actual alcaldesa del Distrito Nacional y figura que ya en 2016 acompañó a Luis Abinader como candidata a la vicepresidencia, aporta experiencia de gestión, formación académica, compromiso público y una conexión directa con las bases históricas del perredeísmo que nutren al PRM. Su paso por la secretaría general del partido y su reelección al frente de la capital la consolidan como una dirigente de peso, con valentía demostrada y una visión de ciudad que ha privilegiado la recuperación de espacios públicos y la cercanía con los ciudadanos. Su anuncio de aspiraciones presidenciales no sorprende: es el resultado natural de una carrera construida con paciencia y consistencia.

Al lado de ella se encuentran otros nombres que también merecen respeto. Wellington Arnaud, al frente del Instituto Nacional de Aguas Potables y Alcantarillados, aporta una gestión técnica en un área sensible para el desarrollo y una trayectoria que incluye experiencia legislativa y militancia de largo aliento. Guido Gómez Mazara, con su perfil de comunicador, abogado y dirigente que ha transitado por distintas etapas del sistema de partidos, insiste en la necesidad de preservar el vínculo con las bases y evitar los errores que en el pasado debilitaron a otras organizaciones. Cada uno de estos dirigentes refleja corrientes internas legítimas.

En ese mismo escenario aparece Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón, quien había construido su propio proyecto y, en un gesto político de madurez, declinó sus aspiraciones para sumarse al de David Collado. Ese movimiento no es menor. En política, las declinaciones oportunas suelen ser más elocuentes que muchas declaraciones de principios.

David Collado, ministro de Turismo, exalcalde del Distrito Nacional y exdiputado, se ha convertido en la figura que, sin haber lanzado aún una campaña formal, concentra mayor respaldo tanto dentro como fuera de la militancia perremeísta según las mediciones disponibles. Su trayectoria combina experiencia legislativa, gestión municipal y la conducción de uno de los sectores más visibles de la economía nacional. Bajo su responsabilidad el turismo ha recuperado y superado cifras históricas, convirtiéndose en uno de los pilares de la narrativa de eficiencia del actual gobierno. Aún sin proselitismo abierto, su estructura se ha ido fortaleciendo con el ingreso de dirigentes, alcaldes, diputados y senadores que identifican en él una posibilidad de continuidad y de proyección hacia el electorado más amplio.

Desde una perspectiva personal de politólogo, esa consolidación no es casual. Collado representa, en este momento, la síntesis más viable entre gestión probada, imagen de eficiencia y capacidad de atraer apoyos transversales. La llegada de Yayo Sanz Lovatón a su equipo, junto a otras figuras municipales y legislativas, refuerza la percepción de que su candidatura puede convertirse en punto de encuentro más que en fuente de división.

El verdadero reto del PRM, sin embargo, no es coronar a un ganador, sino lograr que ese ganador sea capaz de reunir a todas las líneas internas. La experiencia de los sistemas de partidos en América Latina enseña que las divisiones prolongadas en el oficialismo suelen abrir espacios a la oposición, incluso cuando el gobierno mantiene niveles razonables de aprobación. En 2028 el candidato del PRM no solo competirá por la presidencia; competirá, en buena medida, por la posibilidad de proyectarse hacia 2032. Esa perspectiva de mediano plazo genera naturalmente tensiones: quien no resulte nominado sabe que el camino hacia una nueva oportunidad se alarga. Por eso la unidad no es un eslogan vacío. Es una condición de supervivencia política.

Esperamos que el partido encuentre los mecanismos institucionales y los acuerdos políticos necesarios para que la competencia interna fortalezca, en lugar de debilitar, la organización. Un PRM dividido no solo pone en riesgo su continuidad en el poder; pone en riesgo la estabilidad de un sistema de partidos que, con todos sus defectos, ha permitido alternancias y ha contribuido a la institucionalización democrática del país.

La política, cuando se ejerce con altura, no consiste en anular al adversario interno, sino en construir mayorías que permitan gobernar. Carolina Mejía, Wellington Arnaud, Guido Gómez Mazara y quienes aún mantienen aspiraciones legítimas tienen mucho que aportar, independientemente del resultado de la nominación. David Collado, por su parte, tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de demostrar que puede ser el factor de cohesión que el momento exige.

El pueblo dominicano observa. No solo juzgará al candidato que finalmente encabece la boleta del PRM. Juzgará también la capacidad de ese partido para administrar sus diferencias sin quebrar su unidad. En esa prueba de madurez se juega, en buena medida, el futuro inmediato de la organización y una parte no menor de la confianza ciudadana en el sistema político.

La historia de los partidos exitosos está escrita por quienes supieron poner el proyecto colectivo por encima de las ambiciones individuales en el momento preciso. Ojalá el PRM esté a la altura de ese desafío.

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