viernes, octubre 9, 2026
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El PLD y la tentación de la debilidad

Por: Licdo. Endy Jhoan Rosa

Hay momentos en que un partido político deja de ser solo un actor electoral y se convierte en un termómetro del sistema. El Partido de la Liberación Dominicana atraviesa uno de esos momentos. Y no es un asunto que pueda observarse con indiferencia desde la grada.

Quienes militamos en sus filas y decidimos alejarnos no lo hicimos por capricho ni por cálculo de oportunidad. Lo hicimos porque las imposiciones empezaron a pesar más que las ideas, porque las divisiones se volvieron método y porque el mérito dejó de ser el criterio de ascenso. Se premiaron apellidos, influencias y lealtades personales. El trabajo, la preparación y la coherencia quedaron relegados. Esa no es una queja nostálgica: es el diagnóstico de quien estuvo dentro y vio cómo se erosionaba lo que alguna vez fue fortaleza.

Hoy la situación del PLD genera preocupaciones que trascienden a sus miembros. El sistema de partidos dominicano no se fortalece con la debilidad de uno de sus actores históricos. Quienes celebran sus malos momentos olvidan una regla básica de la política: lo que le ocurre al contrario puede ocurrirle a cualquiera. Menospreciar a un contendor es un error de cálculo. En política no existen rivales eternos; existen equilibrios que se rompen y se reconstruyen. La debilidad de uno no garantiza automáticamente la fortaleza del otro. A veces solo debilita el tablero completo.

El PLD fue, durante años, la organización que le enseñó al país una lección elemental: los disgustos se resuelven en casa. Los trapos sucios no se sacan a la plaza pública para alimentar el espectáculo. Ese principio se perdió. La tiradera interna, las alturas y los comentarios que salen a la calle han convertido lo que debió ser un proceso de rectificación en un espectáculo de desgaste. Un partido que no cuida su disciplina interna termina perdiendo autoridad moral ante la sociedad.

Hay que decirlo con claridad: el PLD necesita autoanalizarse sin anestesia. Reconocer errores, abandonar la comodidad de las frases hechas y recuperar un rumbo mayor. La juventud no es un título de mérito por sí sola. Ser joven aporta energía, pero los cargos y las responsabilidades se ganan con trabajo acumulado, con coherencia y con capacidad de sumar. Confundir ambas cosas ha costado caro.

En esta coyuntura electoral, la palabra de Danilo Medina tiene un peso específico dentro del partido. No es un detalle menor. El liderazgo no se delega en momentos de crisis. Tiene la responsabilidad de tomar las riendas, de impedir que los caballos se desordenen y se le vayan. Hay que amarrarlos. La autoridad se ejerce o se pierde.

Francisco Javier García, Abel Martínez, Gonzalo Castillo y su equipo tienen delante una prueba de altura. La militancia peledeísta también. El partido no se reconstruye con narrativas de victimismo ni con la ilusión de que “ya estamos”. Se reconstruye trabajando, escuchando y corrigiendo. A las fuerzas políticas, a los aliados de ayer y a los que ya no lo son, les corresponde entender que el PLD sigue siendo un actor del sistema. Su recuperación o su debilidad no es indiferente.

Hay, sin embargo, una aclaración necesaria dirigida a los propios dirigentes: dejen de maquillar la realidad. No existe una sola encuesta nacional seria que coloque al PLD como puntero o por encima de la Fuerza del Pueblo o del PRM. Hay que bajarse de esa nube. El trabajo político no consiste en esperar que la gente llegue porque “ya estamos”. Consiste en salir a conquistar apoyo con propuestas, organización y credibilidad. Las juramentaciones también deben ser creíbles. Inflar cifras de mil o dos mil personas cuando la realidad muestra decenas no construye fuerza: la erosiona.

El PLD tiene historia, tiene cuadros y tiene una militancia que todavía cree. Pero la historia no se administra sola. Hay que decidir si se quiere ser otra vez un partido competitivo o si se prefiere seguir administrando la nostalgia y las divisiones. Esa decisión no la toma la calle. La toman ustedes.

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