Ayer, el expresidente Dominicano Leonel Fernández pronunció una alocución nacional sobre la situación en Venezuela, en medio de una dramática coyuntura regional luego de la operación militar estadounidense que culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Aunque su discurso se presentó como un llamado al diálogo y a la paz, la intervención misma planteó serias cuestiones: Fernández olvidó —o quizás desestimó— cuál es su rol actual en la política dominicana y cómo esto se percibe en un escenario internacional tan delicado.
Fernández insistió en que la única salida sostenible a la crisis venezolana pasa por el entendimiento entre los propios venezolanos a través del diálogo, y que cualquier derramamiento de sangre debía evitarse. Resaltó su trayectoria como observador internacional y sus consultas con expertos de Naciones Unidas, el Centro Carter y otros actores técnicos para sostener que las elecciones de julio de 2024 no pudieron proclamar un ganador sin la presentación de todas las actas de escrutinio.
Sin embargo, su mensaje olvida una realidad que domina las relaciones exteriores dominicanas en este momento: Usted no es jefe de estado ni vocero de política exterior sino líder de la oposición. Su audiencia principal ya no es el cuerpo diplomático o el gobierno venezolano, sino la ciudadanía dominicana y su propio partido. En ese sentido, su intervención pública debió tener otros enfoques estratégicos más acotados y relevantes para su rol actual.
La República Dominicana se ha posicionado abiertamente detrás de la línea del presidente Luis Abinader, reconociendo que las elecciones venezolanas de 2024 fueron fraudulentas y, por tanto, no dando legitimidad al gobierno de Maduro. Más allá de declaraciones retóricas, el país ha tomado decisiones prácticas, incluida la autorización para que las fuerzas estadounidenses utilicen bases dominicanas, tanto militares como civiles para operaciones logísticas en el Caribe, participación que es fundamental en el operativo que logró la captura del expresidente venezolano y su esposa. Este hito no solo es histórico, sino que coloca a la República Dominicana como actor activo en la seguridad regional —un papel que Fernández pasa por alto en su narrativa.
Es necesario decirlo con claridad: Maduro y Cilia Flores no son meramente figuras políticas, sino individuos buscados por la justicia estadounidense, catalogados como narcoterroristas y fugitivos, y sus actos han tenido implicaciones directas en la inseguridad hemisférica. En ese contexto, la insistencia de Fernández en un diálogo interno venezolano parece desconectada de la gravedad de la crisis y de las decisiones estratégicas que el Estado dominicano ha tomado en estrecha cooperación con aliados internacionales.
Además, su insistencia en la mediación y la diplomacia refleja una visión pasada y algo idealizada de la política exterior, más propia de un jefe de estado en ejercicio que de un líder de oposición. Al enfatizar únicamente la necesidad de diálogo sin confrontar la realidad de la legitimidad electoral y los abusos sistemáticos del régimen venezolano, Fernández diluye su mensaje y deja espacio a interpretaciones de ambigüedad política que la oposición no necesita en estos momentos.
Su participación como observador electoral en 2024 —que él mismo defendió— ya fue controversial y criticada por muchos sectores que consideraron innecesaria, irrelevante o incluso decorativa ante las claras limitaciones del proceso electoral venezolano. Si bien Fernández argumenta haber actuado con imparcialidad técnica, su rol quedó marcado por la falta de impacto tangible y por cuestionamientos respecto a la relevancia de su misión.
En suma, la alocución de ayer fue un ejercicio retórico interesante, pero desconectado de las prioridades del momento y de la función real que hoy le corresponde a un líder opositor: construir alternativas políticas internas, articular críticas estructuradas respecto a la política exterior y ofrecer propuestas claras sobre cómo abordar una crisis que impacta directamente la estabilidad de la región.
Que un expresidente hable de paz y diálogo está bien; que olvide su rol actual, el contexto real de las relaciones internacionales dominicanas y las implicaciones de ignorar decisiones de Estado firmes, no. El país no necesita pronunciamientos que suenen más a nostalgia diplomática que a análisis estratégico. Más aún: urge un debate político que no se pierda en discursos abstractos mientras la nación define sus alianzas y su posición en el Caribe del siglo XXI.
Consejo final al expresidente Fernández:
La experiencia es un activo valioso cuando se pone al servicio de la lectura correcta del presente. El liderazgo opositor exige hoy menos nostalgia diplomática y más claridad política; menos evocación del pasado y mayor comprensión del mundo tal como es, no como fue. De su amigo Endy Jhoan Rosa.

