Por Endy Jhoan Rosa
La carta pública emitida por Monseñor Francisco Ozoria Acosta no solo sorprendió al país; reveló, además, el nivel de fractura interna que vive la Iglesia Católica dominicana. Que a un Arzobispo Metropolitano se le retiren facultades administrativas mientras se nombra un coadjutor con poderes excepcionales no es un hecho cualquiera. Es la señal más clara de que la institución religiosa más antigua del país atraviesa una crisis que ya no puede esconderse bajo los hábitos.
Ozoria ha sido, en ciertos momentos, una voz crítica. Denunció la corrupción en SENASA, cuestionó la falta de dignidad social que divide a los dominicanos y advirtió sobre el peligro de que los poderes del Estado se plieguen unos a otros hasta rozar la dictadura. Sin embargo, esas expresiones —aunque importantes— fueron esporádicas y, en ocasiones, insuficientes. En los momentos más decisivos de la vida nacional, cuando la indignación social reclamaba un liderazgo moral, el Arzobispo guardó silencio. Mientras el pueblo clamaba justicia, el principal obispo del país prefirió no incomodar. Y cuando hablaba, casi siempre lo hacía en defensa del pueblo haitiano, olvidando que en este lado de la isla también había un pueblo herido que esperaba acompañamiento.
Su propia carta, la misma en la que afirma que “acata la decisión del Vaticano”, se convierte en un arma de doble filo. Deja ver no solo su dolor personal —humano y comprensible— sino también un malestar institucional profundo. ¿Cómo se llega al punto de suspender a un arzobispo en temas administrativos sin advertencias previas? ¿Cómo se gestiona la casa de Dios con tanta desconfianza interna? La Iglesia se debe estas respuestas, pero más aún se las debe al país.
Sin embargo, el relevo no genera necesariamente esperanza. El nombramiento de Monseñor Carlos Tomás Morel Diplán como coadjutor ha sido recibido con calma, sí, pero también con dudas legítimas. Su trayectoria, aunque respetable, no ha sido trascendente. Desde su ordenación como obispo auxiliar en Santiago, Morel tuvo un papel discreto; y durante su breve etapa como titular de la diócesis de La Vega, no dejó huellas comparables a las de gigantes pastorales como Monseñor Juan Antonio Flores Santana, Monseñor Antonio Camilo González o, más recientemente, Monseñor Héctor Rafael Rodríguez. Hombres que caminaron con el pueblo, se enfrentaron al poder cuando debían y dejaron una marca innegable en la historia eclesial dominicana.
Morel, en cambio, llega sin una obra significativa que lo respalde. Su discurso inicial es humilde, correcto, incluso esperanzador. Pero el país necesita algo más que buenas intenciones: necesita una Iglesia que se atreva a levantar la voz donde otros callan, que no tema enfrentarse al poder político, ni a la decadencia moral, ni al deterioro social que nos arropa.
La Iglesia dominicana lleva años perdiendo terreno, no porque el Evangelio haya perdido fuerza, sino porque sus líderes han perdido impulso. Tras la partida de dos voces inigualables —Monseñor Agripino Núñez Collado, fallecido, y el retiro de su eminencia Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez— la Iglesia se quedó sin referentes nacionales capaces de hablar con autoridad moral. Nadie tomó el micrófono desde el púlpito para defender al pueblo de manera sistemática. Nadie llenó el vacío.
Ese vacío se siente. Las cifras lo confirman: cada vez más dominicanos abandonan el catolicismo y se mueven hacia iglesias protestantes que ofrecen lo que la Iglesia tradicional ha olvidado: cercanía, acompañamiento, presencia en los barrios, en las calles, en las heridas sociales. El catolicismo no pierde fieles por falta de doctrina, sino por falta de presencia.
Por eso, este relevo —este contraste entre un arzobispo que habló poco y un sucesor que aún no ha hablado suficiente— debe ser una advertencia. La Iglesia dominicana no puede seguir atrapada en sus disputas internas, ni en silencios selectivos, ni en las formalidades de sus ceremonias. Si quiere recuperar autoridad, debe regresar a lo esencial: al pueblo.
Necesitamos obispos que recuerden sus votos de pobreza, que se desprendan de privilegios y que vuelvan a las periferias. Necesitamos sacerdotes que salgan de los templos —que pueden permanecer cerrados si es necesario— pero que mantengan la Iglesia abierta, viva, presente. Necesitamos pastorales juveniles renovadas, catequesis que formen conciencia, grupos misioneros que compartan la fe caminando, no encerrados entre paredes frías.
La Iglesia dominicana tiene dos caminos frente a sí: continuar administrando su decadencia o asumir con humildad y valentía su propia reforma. El país no necesita una Iglesia diplomática, sino una Iglesia profética. No necesita ministros callados, sino pastores con convicción.
El relevo está hecho. Falta ver si está dispuesto a convertirse en renacimiento. Porque, si la Iglesia no se levanta con su pueblo, su pueblo seguirá buscando a Dios en los lugares donde sí sientan que Él camina a su lado.
Que Dios nos ayude.

