El Aeropuerto Internacional de las Américas Dr. José Francisco Peña Gómez volvió a ser noticia este fin de semana, y no precisamente por un logro. Nueve horas sin energía eléctrica en la principal terminal aérea de la República Dominicana, en pleno siglo XXI, es más que una anécdota: es un retrato de nuestras fragilidades institucionales y de la incapacidad de gestión en un espacio que debería ser sinónimo de modernidad, eficiencia y seguridad.
Los aeropuertos no son simples infraestructuras; son la carta de presentación de un país, el rostro con el que una nación se muestra al mundo. Sin embargo, lo vivido en las Américas evidencia un deterioro progresivo. En los últimos meses se han acumulado quejas por retrasos, problemas en los sistemas de control, deficiencias en el servicio a los pasajeros y precariedades que parecían olvidadas en un aeropuerto de la magnitud que tiene el nuestro. Lo de este fin de semana fue el colmo: nueve horas sin luz, vuelos desviados a otros aeropuertos, conexiones suspendidas y pasajeros condenados a perder vuelos y dinero.
Lo más indignante no es solo la magnitud del apagón, sino la respuesta institucional. A las dos de la mañana hubo otro corte de menor tiempo, y en la mañana siguiente se informó que la interrupción “estaba programada”, sin que nunca se hubiera comunicado previamente. Esa versión, más que tranquilizar, sonó a burla, pues ningún usuario, línea aérea ni autoridad auxiliar había sido notificada. La consecuencia inmediata fue el caos: vuelos cancelados, viajeros varados y una imagen internacional que una vez más golpea la reputación del país como destino turístico y como plataforma de conexión aérea.
Desde la perspectiva del estudiante de la UASD, este hecho desnuda un problema estructural: la falta de planificación, de control de calidad y de responsabilidad en la gestión pública y privada de los servicios estratégicos. La gestión aeroportuaria no puede entenderse como un simple servicio más; está vinculada a la seguridad nacional, a la economía y al prestigio internacional. En sociedades con instituciones sólidas, un error de esta magnitud hubiese provocado investigaciones inmediatas, dimisiones de directivos y medidas correctivas urgentes. Aquí, en cambio, todo amenaza con quedar en una anécdota más que refuerza la narrativa del “no saben trabajar”.
Las cabezas deben rodar, no como un gesto de populismo, sino como una acción mínima de responsabilidad. Es inaceptable que quienes manejan el aeropuerto más grande y más importante del país puedan justificar una falla de nueve horas en algo tan elemental como la energía eléctrica. No es solo un problema técnico; es un problema de gestión, de protocolos y de seriedad institucional. El Estado dominicano, que deposita en estas terminales buena parte de su imagen y sus ingresos, no puede tolerar una administración que se maneja con improvisación y excusas infantiles.
Los dominicanos que perdieron vuelos por este colapso no fueron simples víctimas de una avería, sino de un sistema institucional que normaliza la precariedad. Y eso es lo más preocupante: hemos llegado a un punto donde el ciudadano espera poco, donde la ineficiencia se asume como parte de la vida cotidiana. Pero no debería ser así. No podemos seguir aceptando que lo que en cualquier otro país sería un escándalo de primera magnitud aquí se diluya entre memes, resignación y olvidos.
El apagón de las Américas debe servir como campanada de alerta. Si queremos un país que se respete, necesitamos instituciones que funcionen y autoridades que sepan trabajar. No se trata de un capricho ni de una queja pasajera, se trata de la seriedad con que asumimos nuestro desarrollo. Porque si un aeropuerto internacional no puede garantizar lo más básico —la energía eléctrica continua—, entonces estamos mostrando al mundo una imagen de improvisación que, tarde o temprano, se traduce en pérdidas económicas, turísticas y políticas.
Lo sucedido no fue un accidente menor: fue un espejo de lo que somos y de lo que no queremos seguir siendo. Y si el gobierno y los responsables directos no lo entienden, no será la última vez que escuchemos esa frase tan dura pero tan cierta: “no saben trabajar”.

